mons enrique episcopeo-01En la Jornada del Migrante y del Refugiado que hoy celebramos, el Papa Francisco nos ha enviado un mensaje en el que nos invita a reflexionar sobre este fenómeno humano y social de nuestro tiempo.

En México hay unos 6.5 millones de migrantes internos recientes, es decir que se fueron a vivir a otro estado o municipio del país, mientras que en Estados Unidos hay aproximadamente 6.8 millones de migrantes mexicanos no autorizados. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señaló que cifras censales de 2010 indican que en México unos 3.3 millones de personas (3.3%) que tienen 5 años o más viven en una entidad distinta a la que residían en 2005. A esto hay que añadir las cifras de deportaciones masivas, de los niños migrantes, etc.

El Papa Francisco nos invita primero a releerlo a la luz de Jesús “el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona” (Evangelii gaudium, 209). Su solicitud especial por los más vulnerables y excluidos nos invita a todos a cuidar a las personas más frágiles y a reconocer su rostro sufriente, sobre todo en las víctimas de las nuevas formas de pobreza y esclavitud. El Señor dice: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,35-36).

Pero también desde la Misión de la Iglesia necesitamos acercarnos a los migrantes y refugiados, ella es peregrina en la tierra y madre de todos y su misión es amar a Jesucristo, adorarlo y amarlo, especialmente en los más pobres y desamparados. La Iglesia abre sus brazos para acoger a todos los pueblos, sin discriminaciones y sin límites, y para anunciar a todos que “Dios es amor” (1Jn 4,8.16). Después de su muerte y resurrección, Jesús confió a sus discípulos la misión de ser sus testigos y de proclamar el Evangelio de la alegría y de la misericordia.

Acoger y recibir. La Iglesia sin fronteras, madre de todos, extiende por el mundo la cultura de la acogida y de la solidaridad, según la cual nadie puede ser considerado inútil, fuera de lugar o descartable. Si vive realmente su maternidad, la comunidad cristiana alimenta, orienta e indica el camino, acompaña con paciencia, se hace cercana con la oración y con las obras de misericordia.

En esta época de tan vastas migraciones, un gran número de personas deja sus lugares de origen y emprende el arriesgado viaje de la esperanza, con el equipaje lleno de deseos y de temores, a la búsqueda de condiciones de vida más humanas. Estos movimientos migratorios suscitan desconfianza y rechazo, también en las comunidades eclesiales, antes incluso de conocer las circunstancias de persecución o de miseria de las personas afectadas. Esos recelos y prejuicios se oponen al mandamiento bíblico de acoger con respeto y solidaridad al extranjero necesitado.

Compromiso de solidaridad, de comunión y de evangelización. Hoy la Iglesia debe asumir nuevos compromisos. Los movimientos migratorios requieren profundizar y reforzar los valores necesarios para garantizar una convivencia armónica entre las personas y las culturas. Para ello no basta la simple tolerancia, que hace posible el respeto de la diversidad y da paso a diversas formas de solidaridad entre las personas de procedencias y culturas diferentes. Aquí se sitúa la vocación de la Iglesia a superar las fronteras y a favorecer “el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno” (Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2014).

Globalización de la caridad y de la cooperación. Esta debe ser la respuesta para que se humanicen las condiciones de los emigrantes. Es necesario también, intensificar los esfuerzos para crear las condiciones adecuadas para garantizar una progresiva disminución de las razones que llevan a pueblos enteros a dejar su patria a causa de guerras y carestías, que a menudo se concatenan unas a otras.

Existen organismos e instituciones, en el ámbito internacional, nacional y local, que ponen su trabajo y sus energías al servicio de cuantos emigran en busca de una vida mejor. No ha sido suficiente, es necesaria una acción más eficaz e incisiva, que se sirva de una red universal de colaboración, fundada en la protección de la dignidad y centralidad de la persona humana. De este modo, será más efectiva la lucha contra el tráfico vergonzoso y delictivo de seres humanos, contra la vulneración de los derechos fundamentales, contra cualquier forma de violencia, vejación y esclavitud. Trabajar juntos requiere reciprocidad y sinergia, disponibilidad y confianza, sabiendo que “ningún país puede afrontar por sí solo las dificultades unidas a este fenómeno que, siendo tan amplio, afecta en este momento a todos los continentes en el doble movimiento de inmigración y emigración” (Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2014).

Añadir objetoDurango, Dgo., 18 de enero del 2015.

+ Mons. Enrique Sánchez Martínez

Obispo Auxiliar de Durango

Free WordPress Themes