3333550107_dd87082e26_qNos introducimos leyendo unos renglones del Apocalipsis: “Tocó la trompeta el séptimo ángel, y en el cielo se oyeron fuertes voces que decían: A nuestro Señor y a su Cristo pertenece el dominio del mundo y reinará por los siglos de los siglos. Cayeron entonces rostro a tierra los veinticuatro ancianos que están ante Dios y lo adoraron, diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y el que eras, porque has recibido el gran poder y has comenzado a reinar. Se enfurecieron las naciones, pero ha llegado tu ira y el tiempo de juzgar a los muertos y de premiar a tus siervos los profetas, a los creyentes y a los que honran tu nombre, pequeños y grandes, y el tiempo de destruir a los que destruyen la tierra” (11,15-18).

Este pasaje parece una respuesta celebrativa en el cielo de lo que acontece en la tierra. Y es que en la perspectiva del Apocalipsis, se han roto las fronteras entre el cielo y la tierra; el cielo está ya abierto y existe comunicación con la tierra. El himno insiste en la grandeza de Dios y en el dinamismo de su Reino. La solemne visión recuerda la llegada de los nuevos tiempos e indica que los planes de Dios están protegidos por el poder providencial de Dios.

                  Pero, Donald Trump, Presidente entrante de Estados Unidos, está empeñado en construir un muro que marque la separación de aquel país y de México. Esta iniciativa que, según avanzan los días,  levanta más comentarios y contradicciones, parece que se va a iniciar. Nosotros como cristianos, no sabemos bien a bien, qué  se pretende. A simple vista, a nosotros nos parece increíble que en los tiempos que estamos viviendo, no se avance en lo que nos une, sino que se eche reversa hacia lo que nos divide.

                  Para nosotros, en primer lugar y sobre todo, nos parece contradictorio, que Donald Trump, habiendo iniciado su gestión con un rito religioso, inmediatamente arremeta contra los que contrastan con su prospero modo de vivir. El sentido de la historia es lineal, del alfa a la omega; y no circular y menos en eterno retorno. Por ello, sabemos que los pueblos de la tierra, han avanzado en los siglos después de Cristo hacia la unidad del género humano.

                   Y, después de las dos grandes guerras mundiales, se ha llegado a concertaciones que nos hacen más humanos, más solidarios y más civilizados. Ahí están, por ejemplo, la ONU, la OTAN, el Tratado de Libre Comercio y el MERCOSUR. Desde el punto de vista religioso están la Iglesia Católica, la Ortodoxia y tantas experiencias, como la de S. Francisco de Asís y la de Sta. Teresa de Calcuta y sus hermanas religiosas.

                  Pero ahora, vemos que se contrasta todo; la marcha de las naciones en entendimiento, se detiene o hasta se regresa. Casi a fines de la presente semana nos enteramos que el Presidente de México suspendió su viaje a Washington. Estamos ante un mundo desencontrado, desorientado; en un camino hacia atrás; no podemos menos que olfatear a prehistoria.

                  A los bautizados, solo nos queda levantar la vista y orar con las últimas palabras del Apocalipsis: “Sí, estoy a punto de llegar, Amén”. ¡Ven, Señor Jesús!

                         “Que la gracia de Jesús el Señor, esté con todos”.

Héctor González Martínez

Obispo Emérito

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