3333550107_dd87082e26_q  En 1997 se le preguntó al entonces Card. Ratzinger: ¿el Cristianismo ha traído de verdad la Salvacion? ¿Ha traído la Redención? ¿El mundo está de verdad redimido? O ¿todo ha sido en vano? No será: ¿que el Cristianismo ha perdido fuerza?

                         El Cardenal respondió: “Creo que hay que empezar diciendo que la Salvación que procede de Dios, no es algo cuantitativo, ni puede añadirse a otros sumandos. Los conocimientos técnicos que tiene la humanidad tal vez puedan detenerse ocasionalmente; pero siempre van en la línea de un continuo avance. El ámbito cuantitativo es medible, puede concretarse en mayor o menor medida”.

                         “Pero, cuando el hombre da un paso adelante en el bien, no se puede cuantificar, porque cada vez es un nuevo hombre y, por tanto con cada nuevo hombre empieza en cierto sentido otra nueva historia”.

                         “Es importante resaltar esa distinción. La bondad del hombre no es cuantificable. De ahí que no se pueda deducir que el Cristianismo, que en el año cero inició siendo como un grano de mostaza, deba acabar siendo un erguido y robusto árbol, y que todo el mundo pueda contemplar cómo ha ido mejorando de siglo en siglo. Que es un árbol que puede derribarse y cortarse; porque la Redención ha sido confiada a la libertad del hombre, y Dios nunca privará al hombre de su libertad”.

                         “Es propio de la estructura, por decirlo así de la Redención, que siempre esté ligada al riesgo de la libertad. Nunca la Redención ha sido impuesta al hombre desde el exterior, ni tampoco está asegurada por estructuras rígidas, sino que la Redención está contenida en el frágil recipiente de la libertad  humana. Cuando el ser humano haya llegado a un nivel superior, se debe también tener en cuenta que todo podría desplomarse y venirse de nuevo abajo”.

               “Es esta propiamente, diría yo, la lucha sostenida por Jesús en las tentaciones: ¿qué es la Redención? ¿Algo que existe en el mundo como una estructura consolidada que se puede controlar de modo cuantificable, en el sentido de que de ahora en adelante, si todos han recibido su pan, ya no habrá más hambre? ¿O bien, la Redención es algo diferente? Porque está ligada a la libertad, porque no es algo ya dado a los hombres en las estructuras, sino que se ofrece siempre a su libertad, y que dentro de ciertos límites, puede ser destruido por esa libertad”.

                  “Hemos de considerar además, que el Cristianismo ha sido siempre una fuerza de amor. Si analizáramos todo lo acaecido en la historia, gracias al Cristianismo, comprobaríamos que, realmente es bastante considerable. Goethe dijo: “respetemos todo lo que hay detrás de nosotros”. Ciertamente, gracias al Cristianismo, se extendió el respeto a los hombres en cualquier situación”.

                  “S. Atanasio, gran Obispo de Alejandría en el siglo IV, describía cómo en su tiempo, las diferentes razas se enfrentaban entre ellas con violencia, hasta que los cristianos les inspiraron sentimientos de paz. Estas cosas no son sólo fruto de la estructura de un sistema político. Pueden suceder todavía hoy, como podemos ver: donde el hombre se aparta de la fe, los horrores del paganismo se presentan de nuevo con reforzada potencia. Yo creo, y eso puede comprobarse, que Dios ha irrumpido en la historia de una forma mucho más suave de lo que nos hubiera gustado. Pero, así es su respuesta a la libertad. Y si nosotros aprobamos que Dios respete la libertad, debemos aprender a respetar y amar la suavidad de su obrar”.

                  “La expansión cuantitativa del Cristianismo, según el número de fieles, no siempre  lleva consigo una mejoría del mundo, porque de hecho, no todos los que se dicen cristianos, lo son realmente. El Cristianismo, por sí mismo, no es un nuevo y organizado sistema político-social, para acabar con el mal. El Cristianismo repercute solo indirectamente en la configuración del mundo a través de los hombres, a través de su libertad”.

                  “Porque el mal adquiere poder precisamente a través de la libertad del hombre, configurando sus propias estructuras. Ya que, evidentemente hay formas del mal que presionan al hombre, y pueden bloquear su libertad, llegando incluso a levantar un muro que impida la penetración de Dios en el mundo. Pero Dios no venció al mal en Cristo, en el sentido de que éste ya no pueda poner a prueba la libertad del hombre; sino que Dios se ha ofrecido a tomarnos de la mano y guiarnos, pero sin obligarnos”.

Héctor González Martínez; Obispo Emérito

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