Con el primer domingo de Adviento, iniciamos un nuevo ciclo litúrgico y la lectura del
evangelio de S. Lucas, que será el evangelista que nos acompañe, fundamentalmente,
en las eucaristías del año que comenzamos. Iniciar un nuevo ciclo o año litúrgico no
significa o no debe significar repetir lo que ya sabemos. La finalidad del Adviento está
en buscar y descubrir a Jesucristo en el mundo real en el que vivimos, no en el que
nosotros quisiéramos. Celebraremos realmente el Adviento si somos conscientes de
nuestras pobrezas y limitaciones y nos abrimos a la Palabra de Dios, que en Adviento
resume las esperas y las búsquedas del hombre; que nos asegura que esperamos a
alguien que va a llegar y a colmar con su presencia nuestras más profundas
aspiraciones. Iniciemos, por tanto, un nuevo año, despiertos y vigilantes, como nos
dice S. Lucas, para que no nos encuentre el Señor con los corazones embotados con
juergas, borracheras y las inquietudes de la vida (Lc 21,34).
San Pablo insta a los cristianos de Tesalónica, que pensaban que la llegada del
Señor era inminente, a que llevaran una vida digna de Cristo, en la que prevaleciera la
caridad por encima de todo, para cuando llegara ese momento (1Tes 2,12). S. Lucas
nos habla hoy de catástrofes cósmicas ante la venida del Hijo del hombre y de la
vigilancia que todo ser humano debe tener para la espera del gran momento. El
lenguaje apocalíptico, ajeno a nuestra cultura, y que recogen los evangelios, refleja el
miedo y la incertidumbre de las primeras comunidades cristianas, que vivían en el
Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber
cuándo llegaría Jesús. Nos dice el texto que: habrá signos en el sol y la luna y las
estrellas y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el
oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene
encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas (Lc 21,25-27). Las
señales cósmicas son utilizadas principalmente para expresar que también los astros
son creaturas de Dios, y que nada ni nadie pondrá en duda la venida del Hijo del
hombre. Hasta los astros le obedecerán y se producirán señales que todo ser humano
al verlas quedará sin aliento. Lo hará sobre una nube con gran poder y gloria (Lc
21,27). La nube en el Nuevo Testamento aparece en la Transfiguración del Señor (Mt
17,5; Mc 9,7; Lc 9,34) y en la Ascensión del Señor a los cielos (Hch 1,9), y es signo de
la presencia y poder divino.
Al contemplar estas cosas, nos dice el evangelista: levantaos, alzad la cabeza; se
acerca vuestra liberación (v.28), y en los últimos versículos del texto de hoy, afirma
también: tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con
juergas, borracheras y las inquietudes de la vida y se nod eche encima de repente
aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estar,
pues, despiertos, en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por
suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre (Lc 21, 24-38).
El Adviento debe despertarnos el apetito de lo esencial. Las lecturas nos
exhortan a vivir despiertos, cuidando la oración y la confianza. Vivimos tan embotados
con la TV, con internet, las redes sociales, el móvil, las frivolidades de las divas, etc.
que hemos perdido la capacidad de escucha, la capacidad de estar solos, de recogernos

en la intimidad, de vivir en contemplación, de hacernos las preguntas fundamentales
de la vida, para vernos sin caretas, sin disfraces en lo más profundo de nuestro ser,
para contemplar con ojos nuevos al Dios que viene. Solamente en el silencio
descubrimos el auténtico sentido de nuestra vida, sólo así podemos mirar nuestro
pasado con paz y reconciliación, nuestro presente con realismo y el futo con
esperanza y abrirnos a la voz de Dios y de los hermanos. Seamos conscientes que
durante el tiempo de espera, ante la dilación del Señor, nos amenaza constantemente
la tentación de la comodidad, del placer, de la riqueza, del abandono; sólo el que vigila,
el que ora, el que no abandona el servicio, será salvado, porque la vida que una
persona lleve ahora determinará cómo será su comparecencia ante el Hijo del
Hombre. No perdamos la sensibilidad ante la injusticia con los más débiles, llevados
por lo inminente y por lo que la propaganda nos mete por los ojos.
Pidamos especialmente en esta Eucaristía: Ven, Señor, Jesús. Sabemos que el
Señor está de manera especial en la Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros,
aunque esté oculto. Por eso celebramos la Eucaristía expectantes mientras esperamos
la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo, pidiendo entrar en su reino, donde
esperamos gozar todos juntos de la plenitud de su gloria.

Héctor González Martínez
Arzobispo Emérito de Durango

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