La palabra griega “Epifanía”, título que lleva la Fiesta de hoy, significa manifestación. Entre las muchas manifestaciones que Dios ha llevado a cabo desde la creación de hombre cobran especial protagonismo las dos que celebramos en este tiempo de Navidad: la noche del Nacimiento de Jesús y el día de su Epifanía. En la noche de Belén se manifestó a su pueblo escogido, Israel, a través de unos hombres sencillos y limpios de corazón que eran los pastores. En el día de la Epifanía se manifestó a todos los hombres en aquellos sabios que vinieron de tierras lejanas de Oriente a rendirle homenaje y adorarlo como Dios que era.

Siendo Navidad y Epifanía las dos máximas revelaciones de Dios a los hombres no debemos extrañarnos de ver el clima en que se viven: en ambas el anuncio se hace en clave de alegría: os anuncio una buena noticia que será de gran alegría (Lc 2, 10). Por su parte, los Magos al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 10). Ambos acontecimientos han quedado fijados en la historia con un cortejo de alegría, deliciosas tradiciones y leyendas que hacen la delicia de todos, a comenzar por los niños que esperan ilusionados los regalos del Niño Jesús, traídos por los Reyes Magos, sus mensajeros celestiales. Sentimientos de gozo y alegría, de los que también participamos los mayores.

Hay, además, un motivo histórico-litúrgico en estas dos manifestaciones de Jesús: la luz que envuelven ambas escenas: en Navidad se manifiesta entre esplendores (la gloria del Señor los envolvió de claridad Lc 2, 9); a los Magos por una estrella. Y es que en el lenguaje bíblico la luz es sinónimo de la gracia que es amor de amistad por parte de Dios; por el contrario las tinieblas son sinónimo de pecado. El Hijo de Dios encarnado venía a darnos la gracia y destruir el pecado y, por eso, tenía que hacerlo irradiando luz.

Sin embargo, ¡fueron tantos los que no quisieron ser iluminados por aquella luz! Y ¡son tantos los que hoy continúan rechazándola! Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron, dice el evangelista (Jn 1, 11). Al temor del rey Herodes, pensando que podía perder el trono, se unió el miedo de “Jerusalén entera”. Y es que los principales representantes de la ciudad -los sumos sacerdotes y letrados- confortablemente instalados, veían sus privilegios amenazados por el nacimiento de un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1). El profeta lo había anunciado y ellos lo confirmaron, muy a su pesar: Belén era la ciudad donde debía nacer. La verdad es que nos extraña la indiferencia que mostraron. Debieron de confiar en la actitud de Herodes, dispuesto a eliminar a los niños de Belén y cercanías.

Ante esta actitud de los intérpretes, el evangelista no indica que se produjera ninguna reacción: ellos sabían, informaban, servían al poder, para que nada cambiase en sus vidas. Los evangelistas nos explicarán en sus escritos la razón de esta indiferencia: lo único que les importaba era su propia situación económica y de poder. Contrasta la actuación de los Magos con la de estos letrados intelectuales: primero había sido el arrojo y la osadía que da la fe cuando iba acompañada de la esperanza y movida por la caridad que, en este caso, equivalía al deseo ardiente de ver a Dios. Por eso, llegaron felizmente a término, encontrando a Cristo como exitoso remate de su aventura: la fe en el Dios que buscaban.

Viniendo a nuestros días y considerando estas actitudes que adoptaron los personajes del relato evangélico, se ofrecen a nuestra consideración estas tres cosas, un tanto olvidadas por muchos:

1   Que los que se dicen poseer el sentido de lo real y “pisar tierra”, con harta frecuencia, carecen del sentido de las realidades de Dios.

2   Que todos los que buscan a Dios con la sinceridad de su corazón terminan ciertamente por hallarlo.

3 Que quien sigue a Dios confiadamente nunca se equivoca. La alegría final del hallazgo de Dios compensó con creces las penalidades del camino y las ausencias desconcertantes de la estrella.

Por otra parte, la Solemnidad de hoy nos recuerda que hemos de ser ecuménicos, es decir, universales, como lo es Dios en su plan de salvación. Ahora que se da también entre nosotros una mezcla de culturas y razas, por la creciente inmigración de otros pueblos, tal vez la lección más apremiante de la Epifanía es que aprendamos de Dios a ser más abiertos de mente y corazón: Él quiere la salvación de todos los pueblos y razas, porque es el Padre de todos, y nos enseña a actuar también así a nosotros: con espíritu misionero, pero con corazón tolerante y solidario, comprensivos para todas las opiniones y culturas religiosas. Como Cristo que, a lo largo del evangelio, se nos muestro mejor maestro y modelo de acogida a todos.

Héctor González Martínez

Arzobispo Emérito de Durango

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